Transiciones || Por Víctor Alejandro Espinoza

Desde hace tiempo hay una discusión pública acerca de la conveniencia o no de la existencia de múltiples partidos políticos para que funcione mejor una democracia. Desde quienes piensan que no debe haber límite en el número y que entre más existan es mejor porque todos los sectores de la sociedad se encuentran representados; pasando por quienes sostienen que 5 a 7 partidos políticos fuertes, institucionalizados, es el ideal; hasta quienes se manifiestan por la existencia de dos o tres partidos bajo el argumento de que son muy caros y no sirven para nada.

Desde mi punto de vista, lo ideal es un sistema de partidos políticos cohesionados, institucionalizados, con fuerte identidades políticas y sociales. Por el momento no me intereso en debatir sobre el número. Agrego que los partidos son imprescindibles en las democracias consolidadas. No hay democracia sin partidos políticos; pues son sistemas de representación de los intereses ciudadanos. Pero hoy enfrentan una severa crisis que tiene dos aristas: existe un fuerte desafecto ciudadano sobre las instituciones políticas partidistas y éstas ahondan el problema al haber diluido sus identidades políticas y sociales.

La paradoja profunda de los partidos es que su objetivo principal es ganar elecciones y obtener cargos públicos. Para lograrlo, diluyeron sus identidades, es decir, dejaron de ser un referente para determinados grupos o sectores sociales. No representan a éstos; en su discurso se desdibujaron los referentes a clases o grupos sociales. Ahora, hablan a nombre de toda la sociedad; se dicen incluyentes, “partidos saco”, todo les cabe. Por ello, todos los partidos políticos coinciden en el centro del espectro ideológico. La prioridad es obtener votos.

Esto hace realidad lo que es un dicho común: “todos son iguales”, no son distinguibles para el grueso de los ciudadanos. Además, con las fronteras ideológicas diluidas, los miembros o militantes de los partidos saltan de uno a otro sin ningún rubor. Al perder su partido una elección, reaparecen con los colores partidistas de sus otrora adversarios. “Chapulines”, les llaman. Ello contribuye a la desafección ciudadana y a una visión muy negativa del quehacer político.

Todos los partidos políticos mexicanos se encuentran inmersos en esta dinámica. PRI, PAN y PRD desde la oposición, se alían y se mimetizan. Hoy son muy semejantes y postulan a candidatos comunes. Quien más perdió identidad fue el PRD, pues en sus inicios se identificó como un partido de izquierda. Y de eso, nada queda. Lo que los hermana es su talante reaccionario, en el sentido que solo reaccionan ante el programa de gobierno de Andrés Manuel López Obrador. No tienen propuesta alguna, solo  cuestionar cada una de las propuestas presidenciales. Y así les ha ido.

Morena padece todos los problemas de su origen y de un crecimiento explosivo. Fundado el 10 de julio de 2014, en tan solo cuatro años ganó el cargo máximo de nuestro sistema político: la Presidencia de la República. Pero más que un partido, Morena es un frente político conformado por diversos grupos y corrientes políticas. Después de la crisis del PRD, Morena se conformó para arropar la candidatura de AMLO a la presidencia de la República. Para lograrlo, le abrió la puerta a todo tipo de personas y personajes. Eso explica la llegada de arribistas que calcularon que el liderazgo de AMLO era una oportunidad para hacerse de un cargo. Los casos más emblemáticos sin duda son los de la senadora Lilly Téllez y del ex diputado Sergio Mayer Bretón. Una vez obtenidos los cargos emergieron sus posiciones ultraconservadoras que tanto han dañado la imagen y la percepción de auténticos luchadores y militantes comprometidos con un proyecto de transformación social.

Morena hoy tiene un enorme reto a corto y mediano plazo. Debe revisar su estructura y su militancia. Pero, además, sus procesos de designación de candidatos que tanto desprestigio le ha causado. Y ello pasa por definir un rumbo ideológico claramente de izquierda. Tiene que ser el partido de la izquierda democrática. No hay más. Pueden coexistir posturas y corrientes. Pero no deben tener cabida aquellas posiciones antagónicas con un proyecto de izquierda. Nunca más una candidata como Lilly Téllez. Quienes asuman cargos de representación política o se integren a los gobiernos de Morena tienen que reivindicar posiciones de izquierda. Hoy veo a muchos funcionarios que nunca en su vida se han cuestionado sus principios ideológicos y han sido funcionarios de gobiernos priistas, panistas o perredistas. Claro que se vale haberlo hecho en el pasado; lo que no puede ser es que sigan comulgando con las ideas y políticas reaccionarias de esos partidos. El camino es convertirse en un partido progresista y dejar de ser igual que los otros. Si no lo hacen se irán por donde vinieron.

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